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En defensa de Carlos Herrera: Podemos es sólo odio y miedo

El autor defiende la tesis de que, frente a las tentaciones totalitarias de Podemos, la prensa debe seguir el ejemplo de Carlos Herrera, ser incómoda y no agachar la cabeza.

Podemos ha convertido en habitual el señalamiento de periodistas que no comulgan con sus postulados. Esta vez le ha tocado a Carlos Herrera, pero no es el primero ni será el último.

Los comunistas, y entre ellos los podemitas, odian la libertad y el pluralismo. Llaman “fascista” a todo periodista, político o escritor, incluso a la mayoría absoluta de madrileños que no comulga con sus ideas. Basan su política en el insulto y en la creación de un clima violento, y quizá de ahí venga el ataque a los asistentes a un mitin de Vox en Vallecas.

El partido de Pablo Iglesias es una formación inútil para el gobierno, la libertad y el progreso, pero provechosa para el estudio del nuevo totalitarismo. No hace falta remontarse a su historia de purgas y ninguneos, de alianzas antidemocráticas y mentiras, a su odio calculado y falsedad.

Es suficiente un simple análisis del último mes, del dedicado a que su líder esconda su fracaso político nacional presentándose a las elecciones madrileñas del 4-M.

El totalitario es victimista, y más si es populista como Iglesias. La base de su discurso es decir que “el régimen” está contra él, desde los medios de comunicación al Estado, las instituciones o el IBEX 35.

Cuando los podemitas no tienen un conflicto, que siempre buscan y desean, lo inventan

El totalitario, y ahí tenemos al líder de Podemos, pretende trasladar a la ciudadanía una paranoia persecutoria que forma parte de la supuesta grandeza de su proyecto político. Su plan de “hacer patria” es, a su entender, tan justo y benéfico que las “cloacas” y la “casta” orquestan campañas para impedir su expresión o acceso al poder.

Podemos apela a dos emociones básicas: el odio y el miedo. De ahí que cuando los podemitas no tienen un conflicto, que siempre buscan y desean, lo inventan.

No hay más que oír cualquier discurso de sus dirigentes de Podemos desde 2014. Es pura violencia verbal y gestual. Esto es típico del totalitario: no piensa en el bien general, ni en gobernar para todos, sino en liquidar al enemigo. Vive en una lógica binaria destructiva.

Por eso su paso por el Ejecutivo ha sido una calamidad. Esta ha sido la gran desgracia de España en esta crisis: que los peores estén en el Gobierno en el momento más delicado.

El comunismo populista de Pablo Iglesias desea controlar la información porque la concibe como propaganda para falsificar la realidad y dominar las conciencias. Los ataques a Carlos Herrera, realizados desde hace mucho tiempo, como a otros periodistas y directores de medios, son una muestra de su intolerancia a la libertad.

Ninguna dictadura ni sus defensores pueden sobrevivir si no logran convencer a la mayoría, de ahí la agresividad de los podemitas hacia los medios y periodistas que no se comportan como altavoces de sus consignas y de su relato.

Como se ha visto con Carlos Herrera, se trata de ser incómodo o de agachar la cabeza ante el rodillo totalitario

Por eso Podemos basa su discurso en la exageración y la mentira, y utiliza siempre el doble rasero moral, ya sea para una cuestión judicial como la imputación, o una personal como el patrimonio inmobiliario.

Ante el totalitarismo que representan Iglesias y los suyos es necesaria la responsabilidad individual del que ama la libertad. Y es aquí donde un periodista y un analista se la juegan, como se ha visto con Carlos Herrera. Se trata de ser incómodo o de agachar la cabeza ante el rodillo totalitario.

Es imposible callarse cuando Podemos dice que defiende los derechos humanos, pero venera a las dictaduras caribeñas y es amigo de los terroristas de ETA.

No es decente tampoco mirar hacia otro lado cuando los podemitas se aporrean el pecho en defensa de “la mujer”, pero son el partido más machista de España, aplauden a Irán, y censuran a las feministas de otros partidos tanto como a las mujeres que no son de izquierdas.

Es hipocresía asentir cuando los podemitas sostienen que “el régimen” no les deja repartir la riqueza, y se sabe que pertenecen al 3,5% de españoles que cobra del erario público entre 60.000 y 150.000 euros al año.

Es una vergüenza no saltar cuando quien se atribuye la representación exclusiva de los trabajadores confiesa a Susanna Griso que “sólo un cretino se sentiría bien cuando tiene mucho trabajo”.

No es coherente aceptar que Podemos defiende la democracia pero que es justo llamar a rodear el Congreso en la investidura de Mariano Rajoy y decretar una “alerta antifascista” en Andalucía porque la derecha gana las elecciones.

Es una mentira decir que los podemitas son pacíficos cuando alientan la violencia callejera por el encarcelamiento de Pablo Hasél, defienden a los agresores de los guardias civiles y sus novias en Alsasua, llaman “jarabe democrático” a los escraches a peligrosísimas ultraderechistas como Cristina Cifuentes y Soraya Sáenz de Santamaría, o justifican que se impida por la fuerza a un partido democrático de derechas dar un mitin en Vallecas.

Acabarán desapareciendo por el pulso de las urnas, pero no hay que callarse. Ni un segundo.

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