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Iglesias, con depre pospoltrona

Ni se molestó en agotar su minuto de oro, su destino es volver de tertuliano

En el ramplón debate de Madrid, que evidenció el nivel que padecemos al no captar para la política a personas de experiencia y éxito en el mundo privado, hubo un momento revelador del estado anímico de Iglesias tras salir del Gobierno. Fue en el minuto de oro, la última oportunidad de los candidatos para vender con máximo efectismo su mensaje. A la entusiasta Mónica García, la tránsfuga de Podemos que ahora encabeza la lista del errejonismo, se le quedó corto el minuto y el presentador tuvo que interrumpirla. Sin embargo Iglesias Turrión, taciturno y desmotivado, ni siquiera se molestó en consumirlo. Le sobró casi la mitad.

Ensalzar la juventud como un valor supremo y restregársela por la cara a los

políticos y profesionales de más edad es una fatuidad absurda, porque un buen día te despiertas y de repente ya eres un senior de 50 tacos, con un hipotecón, dos churumbeles y un todoterreno tocho que te ha costado un pastizal y en realidad utilizas para ir al súper. Junto al ya amortizado Rivera, Iglesias era uno de los paladines de la efebocracia. Despreciaba el magisterio de la experiencia, en especial la procedente de la órbita conservadora, anatema para su integrísimo zurdo. Por eso ha desoído dos máximas muy sabias. Una es del zorruno Giulio Andreotti, el inteligente maniobrero italiano, que advertía: «El poder desgasta… sobre todo cuando no se tiene» (también es autor de otra cita que siempre me hace sonreír: «Hay dos tipos de locos, los que se creen Napoleón y aquellos que se creen capaces de sanear la red nacional de ferrocarriles»). El otro consejo de veterano sagaz lo aportaba Cela, que hizo de él su divisa: «El que resiste gana». Pero Iglesias Turrión, de querencia gandul y hábitos tardoadolescentes, no supo aguantar el tirón de tener que trabajar y lidiar con el mundo real. Enfrentado al imposible de hacer tangibles desde un despacho sus alegres quimeras de ‘indignado’, no hizo caso a Cela y tiró la toalla con la estrambótica ocurrencia de presentarse en Madrid (sobrevalorando su tirón personal, que hoy cotiza más bajo que las acciones de las aerolíneas). Ahora empieza a vivir las consecuencias de su arrebato. Y no le gustan. En solo dos semanas se ha convertido en un actor secundario, porque ya no está en el horno sanchista de las decisiones. Las tutelas con mando a distancia nunca funcionan en política -ni en nada- y Yolanda, que es la que ahora pulula por la cocina del poder, tenderá a volar sola y a desmarcarse del Querido Líder que la eligió a dedo como su sucesora vigilada.

Cuando uno se veía llamado a ‘asaltar los cielos’ tiene que resultar muy chungo verse en todas las encuestas por detrás de los errejonistas, una escisión de Podemos, y peleando por no ser el farolillo rojo de la Asamblea. Vaticinamos un pronto retorno al hábitat del que nunca debió haber salido: tertuliano polvorilla en los debates políticos tipo ‘Sálvame’ de la tele al rojo vivo. Ahí funciona. De gobernante fue un tebeo. Huelga decirlo: perderlo de vista será una bendición para la vida pública española.

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