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“El Rey padre se ha vengado de todos: del hijo, del gobierno, de los empresarios”

La serpiente de verano se ha esfumado antes del final del verano. El lugar donde se ha ido el Rey Juan Carlos a pasar sus vacaciones de agosto ha dejado de ser la comidilla de las tertulias porque su hijo, el Rey Felipe VI, ha comunicado a los españoles, nota oficial mediante -según costumbre ya acreditada-, que su padre está disfrutando del lujo oriental en los Emiratos. Según costumbre también acreditada por el Monarca dimitido. Era más literario, no cabe duda, un Rey errante por esos mundos de Dios que un Rey en los Emiratos.

Qué Reino tan extraño el que fue mío, pensará Juan Carlos I. Hubo un tiempo en el que me piraba por ahí fuera a mis cosas y nadie se preocupaba de dónde estaba, ni con quién, ni para qué. Ni siquiera los gobiernos me pedían cuentas. Y resulta que este mes de agosto me voy a un lugar que como quien dice es mi segunda casa, y todo el mundo en España quiere saber dónde estoy. Pues tendrán que esperar. Lo diré cuando yo quiera, no cuando quiera el Rey Felipe, ni cuando quiera Moncloa, ni cuando quieran los periodistas, que ya me contarán para qué quieren saberlo. Ya no reconozco a mi país.

Vaya lo uno por lo otro. Tampoco España reconoce al Juan Carlos que conocía. Quiero decir los españoles de a pie, no los que están en el ajo, que esos lo sabían casi todo y lo que no sabían era porque no querían saberlo. Con los ojos cerrados se está más tranquilo, dónde va a parar.

Del viaje que emprendió el Rey Juan Carlos el 3 de agosto se saben pocos detalles, pero hay uno que está claro. Él no quería irse de España, ni de La Zarzuela, ni bajarse de su magistratura. Con la lógica implacable de quien no cree haber hecho nada malo, sino al contrario. Nadie le pidió nunca confesión para sus pecados de lujuria y avaricia. Seguramente no entiende muy bien por qué ahora le obligan a hacer esta penitencia, a su edad, con sus achaques y habiendo tenido que renunciar al último tren amoroso de su vida. Víctima de una mujer despechada y de las generaciones de españoles ingratas que no reconocen la grandeza de su histórica figura, de sus sacrificios personales, de su heroica resistencia a la miserable primera parte de su vida, durante el franquismo. Ni para comprarse un traje le daba el Generalísimo. Por no hablar de las humillaciones del búnker y de la prensa del Movimiento a las que “Su Excelencia” -así era cómo llamaba a Franco– no les daba importancia cuando hablaba con él.

¿Qué hubiera sido de España sin el motor del cambio? En línea con esta lógica, a Don Juan Carlos no le da ni un poco de reparo fijar su residencia provisional en los Emiratos. Sin complejos. Hay quien dirá que si no tenía otro sitio dónde ir. Qué necesidad de volver al lugar del crimen, en plan novela policíaca. No veo nada de malo, dirá él, estoy donde siempre estuve y nunca le importó a nadie.

Durante 14 días de agosto, el anterior jefe del Estado ha ejercido una venganza casi infantil y tan dulce como los exquisitos dulces árabes de los hoteles donde para. Ha dicho dónde estaba cuando le ha dado la gana. El Rey padre se ha vengado de todos. Del hijo que le pidió que se fuera y que además lo hiciera pasar por una decisión suya. Del Gobierno al que sólo le faltó ir con un megáfono a las puertas de La Zarzuela para pedirle que saliera de allí. De los medios de comunicación que le hicieron la pelota durante décadas y ahora le dejan tirado como a “un perro ladrando a las puertas del cielo”, tomando prestada una canción de Sabina. De los empresarios que bien que le pedían ayuda con las contratas y ahora, mírales, ni valor tienen para defenderle de los ataques.

Si lo piensa un poco, sin embargo, Juan Carlos I ha visto reverdecer algo sus laureles de antaño detrás de su periplo que algunos llaman fuga y él prefiere llamar vacaciones merecidas, que el año fue duro. Han sido muchas las voces -políticas y mediáticas- que le han reivindicado en ausencia, argumentando que criticar las actividades del Rey que abdicó es sinónimo de querer volar el régimen del 78. Aunque tampoco debería hacerse demasiadas ilusiones, ya que esas voces lo que hacen es utilizarle para cargar contra el Gobierno de coalición y contra Pedro Sánchez, de quien se dice que quiere ser Rey en lugar del Rey. So pretexto de defender la institución monárquica como la forma de Estado que la Constitución consagró y los españoles aprobaron, las voces que reivindican al padre presentan al hijo como el prisionero de Zenda de las mazmorras de La Moncloa, de las que Pablo Iglesias tiene la llave. Sin reparar en cómo deja eso al Rey Felipe VI, que además de aguantar la pesada y oscura herencia de su padre tiene que soportar a los supuestamente monárquicos que le tratan como si fuera un hombre sin personalidad. Menos mal que el Rey es persona prudente y equilibrada. Por fortuna para España, un país azotado por todas las crisis imaginables. Su inteligencia emocional le estará diciendo que los Emiratos no es la estación final de la crisis de la institución monárquica. Y que va a tener que hacer frente a muchas otras dificultades. Como por otra parte todos los españoles. Del Rey abajo.

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